Dogtown and Z-Boys

jay adams dogtown

No sé muy bien cómo empezó, pero cuando me di cuenta ya era demasiado tarde para subirme a ese tren. Digamos que un día desperté y me vi inmerso en toda una subcultura urbana sin saber cómo me había plantado ahí. El cambio se fue cocinando durante el verano anterior, pero no le presté atención alguna pues en esa época andaba demasiado absorto en mi angustia juvenil, y el poco tiempo que me dejaba mi inquietud adolescente lo invertía en horas y horas de indecisión en el videoclub. Así que me dejé llevar, acepté que mis amigos me arrastraran a un mundo de cuya influencia no escaparía pero en el que jamás llegaría a sentirme del todo cómodo. Me convertí en un observador, casi en un vigilante. Mis ojos eran la cámara que registraba los progresos de mis amigos sobre el patín, mientras que mis oídos atendían a cientos de conversaciones sobre tablas rotas, llantas quemadas y zapatillas desgastadas. La cultura skater me fascinaba al tiempo que la detestaba. No podía abrazarla completamente porque no me sentía parte de ello. No patinaba, aborrecía pasarme horas viéndoles intentar esos kickflips y pop-shove its  y me fastidiaba que el patinar frustrara otros planes a mi juicio más apetecibles, pero al mismo tiempo me seducía esa estética salvaje y todo lo venía en el paquete. La música, la ropa, las chicas, los primeros coqueteos con el alcohol y otras sustancias blandas; todo eso llegó gracias al monopatín, aunque tales descubrimientos se hallan lejos de ser su mejor legado. Es cierto que nunca me sentí integrado en lo del skate,  pero sí que empecé a apreciar por esa época un fuerte sentimiento de pertenencia hacia un grupo de personas, de viejos conocidos, que siempre habían hecho piña pero que todavía no habían dado el definitivo salto emocional. Fueron los días en los que unos cuantos amigos dejamos de serlo y empezamos a ser una familia.

Dogtown and Z-Boys es un documental dirigido por el skater Stacy Peralta en el que se narra su propia historia y la de sus amigos de toda la vida. De cómo unos chavales del barrio de Son Espanyolet de Dogtown revolucionaron el skateboard a todos los niveles imaginables hasta transformarlo en lo que es hoy, tanto cultural,  deportiva y comercialmente. Ver la película fue como regresar a esas largas tardes de de rodillas peladas, de risas contagiosas y de pipas tijuana en Sa Faixina. La nostalgia y el revivir the good old days influyeron en mi percepción de la cinta, sin duda, pero si empaticé con ella es porque alguien tuvo que comerse muchas horas viendo patinar a sus amigos para grabar todo ese material. Entendí, por fin, que jamás perdí ese tren y que estoy en el viaje desde el principio.

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