Godzilla

Godzilla

El estreno de Parque Jurásico me pilló siendo un bebé y mis padres se negaron a acompañarme  a ver la secuela, ya que poco antes había sufrido una serie de traumáticas pesadillas que involucraban a un Tyranosaurus Rex y una casa rodante. Así pues, tuve que esperar hasta 1998 para vivir mi primera experiencia con bichos enormes que destrozan cosas en pantalla grande. Me llevaron a los desaparecidos cines Chaplin a un pase Godzilla, arrastrado en contra de mi voluntad. Me explico, en aquella época mi concepción de lo que debía ser un dinosaurio se acercaba más a Peque de Dinosaurios que a un gran monstruo aplastaedificios, así que la idea de un gran monstruo japonés de turismo por Nueva York no me entusiasmaba en absoluto. Recuerdo que salí de la proyección asustado, tanto que empecé a temer ante la idea de un ataque de un Godzilla real. Me dio miedo, sí, pero en esa sensación de terror prevalecía una oscura sensación de embeleso, de asombro, casi de devoción por la criatura, a pesar de que la temía. Disfruté con la película. Con angustia, sí, pero disfruté como lo que era: un mocoso de 7 años fascinado por la capacidad demoledora de un lagarto radiactivo gigante. Vista con perspectiva, la película es un truño con poca imaginación y menos gracia, pero a mí me encandiló porque la vi con ojos de niño. Godzilla era una presencia tan perturbadora como atractiva. Sentía la amenaza y me maravillaba la lucha, la destrucción. Era como ver fuegos artificiales: espantado por el ruido, hipnotizado por las luces.

El lunes fui a ver Godzilla, la de ahora, la de 2014. Esta nueva versión no apesta, es considerablemente mejor que la que vi de pequeño. Esta también es absurda y algo mongólica, pero es muy bonita y está excepcionalmente dirigida. Es una película bella, valiente, que sugiere más que muestra, pero que cuando enseña lo hace sin complejos, como imaginaría un enano de 7 años. Por eso el director no se corta en presentar a multitud de niños como observadores del desastre. Los mete en la película aunque sea de forma forzada, porque lo importante no es cómo llegan hasta ahí, sino cómo contemplan la escena, con esa mezcla de pavor y admiración que sólo una mirada inocente puede ofrecer. Apela a los ojos de niño con los que años atrás atendíamos a Parque Jurásico, a los Powers Rangers, o a Transformers. Asimilado el mensaje, pensé que ojalá esta película o Pacific Rim se hubieran estrenado en los noventa. Me relajé y me dispuse a deleitarme con aquello que había ido a ver: a un mastodóntico reptil nuclear escupiendo kame-kame-has por la boca. Qué puedo decir, mi yo de 7 años aprueba esta versión.

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