La tristeza infinita de Elliott Smith

elliott smith

Escribir sobre la música de Elliott Smith es harto complicado, frustrante incluso, pues todo lo que se apunte palidecerá ante la clarividencia y lucidez con la que este cantautor compartía su dolor. Por eso es habitual encontrarse con aproximaciones a su figura en vez de con textos que aborden su música, tan sencilla, tan elemental, pero a la vez tan inmensa e inabarcable. Claro, nos atraen los malditos, los personajes oscuros y misteriosos, las historias truculentas que arrastran, pero sin embargo nos sentimos incapaces de reaccionar cuando toda esa oscuridad se proyecta sobre nosotros. Eso es lo que hacía Smith, nos desarmaba desnudándonos. Se abría en canal para dejar escapar a las tinieblas que habitaban en él, permitiendo que éstas volaran raudas a abalanzarse sobre otras almas rotas, aunque carentes de su talento. Por eso la frustración, porque uno se abruma ante la belleza de su obra y desea compartirla con todo el mundo, pero aborta a cada intento por el vértigo de asomarse al gran abismo que es su universo.  La sensación de desamparo que experimenta el que conecta emocionalmente con su música puede ser devastadora, pero al mismo tiempo reconforta de algún modo. La calidez de su voz, esa cadencia dulce, delicada, invita a dejarse abrazar por la infinita tristeza que desprenden sus composiciones. Un arma de doble filo, que tanto atrae como ahuyenta a todo tipo de fantasmas. Escuchar a Smith puede sumergir en la noche más opaca o templar al calor de esos pequeños destellos de esperanza que asoman de vez en cuando. Su música esconde pequeñas briznas de luz que su profunda aflicción no consiguió disimular ni con todo el alcohol del mundo.

Comentan los que le conocían que la mayoría de las veces era un borrachín con un humor absurdo, descripción que cuadra con el perfil de un tipo que contemplaba el mundo perplejo, confuso, como si no fuera con él pero incapaz de desvincularse de este. Hay en sus canciones un anhelo por liberarse, de encontrar la paz en los más íntimos detalles, de rozar con los dedos sonrisas que se desvanecen. Esto choca con el calvario que supuso su angustia, como si se hubiera pasado la vida escapando de sí mismo. Huir de su propio tormento le condujo a destrozarse con la intención de no sentir nada, de aislar el dolor. En todas y cada una de sus grabaciones está patente esa tortura, pero también se intuye cierta calma, evidenciando que el único alivio a su depresión lo encontraba componiendo y que por eso estaba siempre tocando. No hay en su música temor al abandono. Da la sensación de que era un hombre que tenía novias solo para añorarlas y que se mudó a una ciudad de millones de habitantes para estar solo. Vivía roto, pero a diferencia de la mayoría de las personas tristes, que sufren de ansiedad por ser incapaces de resolver el rompecabezas ds su mente, él era perfectamente capaz de expresar su congoja, su pesadumbre, su zozobra. De ahí que su depresión luciera más genuina que la de otros depresivos. Conociéndose como se conocía, sabía que la pena no desaparecería nunca y por eso, quizás, sólo quizás, se apuñaló en su maltrecho corazón una tarde de otoño de 2003, junto a un post-it en el que se leía un escueto y sentido “lo siento”.

Uno lo intenta, pero siente que se queda corto. Escuchad a Elliott Smith. Hacedlo en soledad, agarrados a una botella o en compañía, alrededor de una hoguera, pero escuchadle.

spotify:track:1siB1tZUrkVyC0HiGHzeCn

 

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